Árbitros, una labor tan necesaria como poco valorada

24 de Febrero de 2017

Los entrenadores corrigen, ordenan, piensan, gritan, disfrutan, sufren. Los jugadores pelean, sudan, corren, celebran. Los aficionados cantan, protestan, jalean. El baloncesto reúne una serie de acciones y/o sentimientos maravillosos. Cuando se interpone un balón y dos canastas se desata la locura. Es una pasión que no se puede explicar, se tiene que vivir. 

 

Pero en toda esa vorágine de enfervorizada locura están ellos, los del uniforme naranja o gris, los del silbato, aquellos que aguantan las miradas despectivas de todos los demás colectivos, desde jugadores a padres pasando por entrenadores. Entienden la soledad como pocos. Sus fallos se magnifican mientras sus aciertos jamás son elogiados -es su trabajo, argumentarán los simplones-. 

 

El trabajo de los árbitros en el deporte es básico. En el baloncesto, imprescindible. Por ellos pasa la labor de favorecer el ritmo alto y un juego vistoso. “¡Qué malos sois!”, se oye a menudo desde la grada. Los árbitros cometen errores, los mismos que cada jugador hace en un partido -una mala defensa, no cerrar el rebote, fallar un tiro libre, hacer pasos…- o un entrenador -no parar el encuentro en el momento oportuno., no leer las ventajas físicas…-. Pero sus humanas equivocaciones intentan ser desprestigiadas en demasía. 

 

¿Por qué no les ayudamos a desempeñar su tarea? ¿Cómo? No exagerando los contactos, no gritando en las penetraciones, siendo honestos cuando has tocado el balón y pides que la posesión para tu equipo. 

 

El deporte necesita una dosis picante, de competitividad. Faltaría más. Pero los árbitros no merecen ser tratados como carne de enfado o desprecio. Porque ellos también forman parte del entramado baloncestístico. Se les debe respetar y echar una mano. 

 

Su tarea es extremadamente difícil. No sólo es impartir justicia, es controlar emociones, manejar distintas situaciones y actuar con una inmediatez efectiva. 

 

Jugar y dirigir cuesta, las revoluciones siempre son altas. Pero el árbitro no es el enemigo. Ni el compañero. Es un miembro más del juego que imparte justicia y merece ser tratado con respeto. Si no es así, el deporte carece de sentido. 

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