El baloncesto y los niños, beneficios formativos

Por Rebeca Lahoya Cuende. 11 de Enero de 2017

Queremos que nuestros pequeños hagan baloncesto por diferentes razones: porque se lo pasan bien, porque hacen amigos, porque es bueno para su salud… Muchos de nosotros hemos crecido formando parte de un equipo y queremos que ellos tengan la misma magnífica experiencia. No solo hemos disfrutado, también hemos conocido muchas personas, hemos pasado por situaciones agradables y desagradables, e incluso todavía seguimos recordando algunas frases de nuestros entrenadores favoritos. Todas estas experiencias nos han hecho como somos y es que el deporte tiene unas capacidades formativas notables. 

Los niños son como esponjas, absorben y repiten todo lo que ven. El marco que les proporcionemos, los modelos de comportamiento que les ofrezcamos, van a determinar las personas que van a ser el día de mañana.  El deporte es un contexto, junto con la escuela, en el que crecen y se forman. Con una importancia destacada, porque es una actividad elegida por el niño y que hace porque le gusta.

Entrenadores y jugadores crean un grupo que para que funcione debe tener unas reglas. Formar parte de la disciplina de un equipo significa llegar puntual a los entrenos, madrugar los fines de semana, no olvidar la ropa de deporte para cambiarse... Y un largo etcétera, desde que empieza hasta que acaba la temporada. No cumplir con estas normas conlleva ciertas consecuencias: si no escuchan al entrenador no saben en qué consiste el siguiente ejercicio, están perdidos en la cancha y al final tienen que pedir ayuda. Seguro que para evitar esa situación angustiosa la próxima vez abrirán las orejas cada vez que el entrenador hable. Los niños acaban cumpliendo estas obligaciones con gusto porque es una actividad que disfrutan, pero lo importante es que están adquiriendo hábitos y responsabilidades que replicarán en casa y en el colegio.

El sacrificio y el espíritu de mejora son otras cualidades que el baloncesto transmite. Cuando algo les sale bien a los jugadores más jóvenes no dejan de repetirlo, sin embargo se muestran reticentes a usar la mano mala, por ejemplo. Es fácil que se acomoden, por ello les animamos a que hagan cosas nuevas, que exploren y practiquen. Al principio hacer una entrada puede resultar muy complicado, botar dos balones a la vez es imposible. Sin embargo tenemos que conseguir que vayan más allá de sus límites, que se prueben. Ellos mismos verán que con práctica sus habilidades mejoran, que cuando se aprieta en defensa se roban balones, que cuando se corre, se llega. En definitiva, el esfuerzo consigue resultados. La satisfacción y la alegría de verse a sí mismos aprendiendo cosas nuevas les anima seguir trabajando.

La característica más evidente del baloncesto es que es un deporte de equipo. Y con esto tenemos sobre la mesa lo más bonito de nuestro deporte y también lo más complicado de gestionar. Los niños de 4-5 años tienen un sentido de la propiedad muy marcado, deben tener cada uno su balón, todos iguales y del mismo color. Al principio solo se hacen ejercicios en los que todos tienen su propia pelota y la tarea es individual. Poco a poco se meten juegos en los que varios de ellos comparten un solo balón con un objetivo común: la colaboración de todos hace posible completar el ejercicio con éxito. Entonces de repente les descubrimos animando al compañero, ayudándose entre ellos, y saltando de alegría cuando el grupo consigue alcanzar la meta. Cuando son más mayores tendrán que defender, sabrán que si uno flojea el sacrificio de los otros es inútil. Aprenderán a colocarse en la cancha, a hacer lo que se espera de ellos en cada situación para que el  equipo cree oportunidades. Serán conscientes de lo que se les da bien y no tan bien, de su rol dentro del grupo. Porque detrás de una canasta no solo está el anotador, sino quienes defendieron, quien robó el balón y quien dio la asistencia. Para sumar puntos tienen que ocurrir muchas cosas en el campo, todas ellas importantes. Solo a través del trabajo en equipo se pueden ganar partidos. 

Los niños son personitas que están empezando a socializar, están conociéndose a sí mismos y aprendiendo a relacionarse con los demás. Como grupo, están obligados a convivir varias horas a la semana. Y como en todo grupo surge la camaradería y la complicidad. Son momentos que recordarán en el futuro con cariño. Pero también tendrán que resolver diferencias y conflictos, negociar y ceder. Hay niños que se desenvuelven estupendamente con los compañeros, pero a otros les cuesta más. El entrenador debe proporcionarles las herramientas necesarias para manejarse con confianza y deportividad: cómo dar la enhorabuena al contrario, cómo animar a los compañeros, cómo ofrecer ayuda, cómo pedir perdón...

Como ejemplo positivo tenemos a Juan, de 7 años, que en una de mis clases le dio un balonazo en la cara a una niña sin querer. Al momento Juan se acercó a la niña para pedirle perdón mientras le rodeaba con el brazo. Bien por Juan. Como contraste en otra ocasión una niña, también de 7 años, le dio en la nariz con el balón a su mejor amiga.  Aquí tenemos a una niña llorando y la otra, nerviosa y muerta del susto delante de la amiga sin saber qué hacer.  Quizá la primera vez tenemos que apuntarla unas palabras de perdón, y empujarla para que de un abrazo a su amiguita, pero seguro que la próxima vez sabrá cómo actuar y además será un buen ejemplo para el grupo.  

El baloncesto es un contexto donde los niños desarrollan las habilidades sociales, y también la inteligencia emocional. La competición, medirse a sí mismos y con otros niños les obligarán a manejar emociones como la frustración o la ira. El entrenador es un guía en situaciones que los niños viven por primera vez. No en vano se habla tanto de saber ganar y saber perder.  Una característica no muy positiva de los pequeños es que no son capaces de abstraerse y ponerse en el lugar de otra persona. Puede que hagan sentirse mal al compañero más débil o al diferente. Es labor del entrenador hacer un ejercicio de empatía con ellos. Cuando les colocamos en las zapatillas del otro y les hacemos ver cómo afectan sus palabras o sus actos estamos abriendo en sus mentes otra dimensión. El entreno es un lugar de deporte y diversión, donde los niños aprenden a relacionarse con respeto, dentro de su propio equipo y con los adversarios.

Todas estas son capacidades que se adquieren alrededor de la canasta, pero que vienen a enriquecer todas las áreas de la vida de una persona.  ¿Qué más podemos querer para los más jóvenes? Preparemos la mochila, zapatillas, nuestra camiseta favorita y a disfrutar de la temporada 2016-17.

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